La complicación multifactorial del bajo rendimiento académico.
- Dr. Luis Jaime Bernés Barreda

- 14 may
- 4 min de lectura
El fenómeno del bajo rendimiento académico y el abandono escolar ha sido
históricamente simplificado bajo la etiqueta de "falta de voluntad" o "pereza" del
estudiante. Sin embargo, desde una perspectiva técnico-pedagógica, esta visión no
solo es reduccionista, sino riesgosa. El éxito o fracaso en las aulas, es el resultado de una
compleja interacción de factores psicológicos, familiares, vocacionales y estructurales
que las instituciones educativas no pueden permitirse soslayar.
Uno de los predictores más potentes del fracaso escolar es la deficiente
orientación vocacional, un alto porcentaje de estudiantes de nuevo ingreso llega a las
aulas con una profunda incertidumbre sobre los contenidos y el campo laboral de su
carrera, por tanto, cuando un alumno no comprende la utilidad práctica de lo que
estudia o descubre que la carrera no coincide con sus aptitudes, la motivación intrínseca
se desploma y como consecuencia la falta de un proyecto de vida sólido convierte
cualquier obstáculo académico en una razón suficiente para desertar.
Un segundo factor lo constituye el peso del hogar. El rendimiento académico no
comienza en el aula, sino en la dinámica familiar. Investigaciones recientes demuestran
que el bajo promedio está estrechamente ligado a la imposición paterna y al control
psicológico materno.
Los alumnos con bajo desempeño suelen percibir una falta de autonomía.
Cuando la elección de carrera o las metas académicas son impuestas por los padres, el
estudiante desarrolla un sentimiento de alienación. El estudio deja de ser un proceso de
crecimiento personal para convertirse en una carga impuesta, lo que genera una
resistencia pasiva que se traduce en calificaciones deficientes.
Encontramos también los factores Intrínsecos: hábitos y procrastinación; si bien el
entorno influye, los factores intrínsecos son los que consolidan el fracaso. La falta de
hábitos de estudio (organización del tiempo, técnicas de síntesis y comprensión lectora)
impide que el alumno procese la información de manera efectiva.
La procrastinación, un fenómeno que no es falta de gestión de tiempo, sino una
dificultad para regular las emociones frente a tareas estresantes. El estrés académico, al
aumentar, disminuye la motivación, creando un círculo vicioso: el alumno postergaporque la tarea le angustia, y la acumulación de tareas genera más estrés y menos
estudio.
En el contexto regional de Michoacán, las cifras reflejan una realidad que exige
intervención inmediata. Según datos de la Secretaría de Educación en el Estado y el
INEGI, en los últimos ciclos escolares (2024 -2025) encontramos:
• Abandono Escolar: Michoacán ha enfrentado tasas de deserción en
Educación Media Superior que rondan el 14% al 16%, situándose frecuentemente
por encima de la media nacional.
• Eficiencia Terminal: Solo cerca de 65 de cada 100 alumnos que
inician el bachillerato en la entidad logran terminarlo en el tiempo reglamentario.
• Factores Socioeconómicos: En el estado, el bajo rendimiento se ve
exacerbado por la necesidad de combinar estudios con trabajo, afectando la
calidad del tiempo dedicado al aprendizaje.
No todo el peso recae en el estudiante o su familia, la calidad de la enseñanza y
la infraestructura escolar son determinantes. Una institución que carece de recursos de
apoyo (bibliotecas digitales, laboratorios, conectividad) limita el alcance del
aprendizaje.
Para contrarrestar lo anterior, es vital la actualización constante de:
1. Programas Académicos: Deben ser pertinentes y estar vinculados a
la realidad laboral actual.
2. Estrategias Didácticas: El docente debe migrar de la clase magistral
a modelos activos que fomenten el interés.
3. Asesorías y Tutorías: Estas no deben ser medidas "remediales" para los
que van reprobando, sino un sistema de acompañamiento preventivo que
fortalezca el hábito de estudio desde el primer día.
Conclusiones
El bajo rendimiento académico es un síntoma, no la enfermedad. Es el resultado
de una brújula vocacional descalibrada, una presión familiar asfixiante y un sistema
educativo que a veces olvida que el estudiante es un ser emocional antes que un
receptor de datos.
Para mejorar estas métricas, especialmente en estados con retos estructurales
como Michoacán, se requiere una visión integral. Las instituciones deben dejar de sermeras transmisoras de conocimiento para convertirse en redes de apoyo que fomenten
la autonomía del estudiante, reduzcan la procrastinación mediante el éxito temprano y
brinden una orientación vocacional científica y oportuna. Solo así transformaremos el
fracaso en una trayectoria de vida exitosa.
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